Domingo , 16 junio 2019
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La filosofía del tinajón

En uno de esos libros viejos, de lomos gruesos y páginas amarillas que huelen tan deliciosamente como sólo pueden oler las páginas de un libro (cualquier lector empedernido sabe exactamente de qué hablo) supe por primera vez de la existencia de Diógenes El Cínico.

Yo era un niño que prefería pasar algunas tardes con la nariz metida en un vetusto Larousse ilustrado cuando me topé con la historia de aquel viejo tan parecido a simple vista a un San Lázaro, pobre y acompañado por sus fieles perros.

Tuve que crecer antes de asimilar las enseñanzas de este personaje tan excéntrico de la Grecia clásica -¡qué maravilloso escenario para un viaje en máquina del tiempo!- que predicó con el ejemplo de vivir apenas con lo indispensable, se burló de los poderosos en su cara, rechazó regalos envenenados de los ricos, se coló en los libros de historia por su estilo de vida definido por la irreverencia y la austeridad.

Poco es cuanto conocemos con certeza de su vida, tejida entre la realidad y el mito, pero es sabido que nació en la colonia griega de Sínope (en la actual Turquía) en el año 412 antes de Cristo. Hijo del banquero Hicesias, por falsificar monedas junto a su padre ambos fueron desterrados a Atenas, donde Diógenes se convirtió en el personaje que conocemos. Aprendió de Antístenes, fundador de la escuela de los cínicos y discípulo a su vez del gran Aristóteles.

Llevó los postulados de aquel cinismo al extremo, usando su indigencia como un manifiesto contra la vanidad de la civilización, en buscar de la felicidad al eliminar todo lo superfluo…no sabemos si funcionó.

Un provocador, un tipo incómodo sin pelos en la lengua, un indigente por elección y un pensador en la mata de la filosofía, quien dio la espalda a todo lo material para vivir en un tinajón y emocionado rompió su vasija de barro -una de sus escasísimas propiedades- por considerarla superflua cuando vio a un niño usar la mano para llevarse a la boca el agua de una fuente.

Hay algo irresistible en Diógenes de Sínope, su modo de seguir sus propias reglas viviendo con tan poco lo convierte en un fantasma contemporáneo que nos abochorna por dejarnos convertir en esclavos de las cosas que deberían existir para servirnos.

Es legendario su encuentro en Corinto con Alejandro Magno, quien acudió a visitarlo (varios cuadros famosos nos ayudan a imaginar al gran conquistador llegar en su caballo de batalla hasta el tinajón donde vivía el envejecido filósofo rodeado de perros como un perro más) y le ofreció: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. “Quítate, que me estás tapando el sol”, fue la respuesta de Diógenes. ¡Chirrín chirrán! Directo como una bala en la cabeza, un escupitajo en la del poder.

¿Qué diría el más radical de los cínicos acerca de nuestra época, de esta “cultura del envase, que desprecia el contenido” como la llamó Galeano?

¿De veras nos hacen falta para vivir todas esas cosas que ambicionamos y acaparamos cotidianamente? ¿Puede la riqueza material ser considerada como una medida infalible de la felicidad, de la satisfacción?

Vivir en un exilio autoimpuesto en una tinaja, condenado por propia voluntad al ostracismo y de espaldas a la sociedad parece tan absurdo hoy como lo fue en tiempos de Diógenes, pero hay en todo esto una chispa de lucidez, un mensaje en favor de la simplicidad y el minimalismo, de la comunión con la naturaleza.

En todas las épocas pasa lo mismo. Las cosas nunca van del todo bien para la gente como Diógenes, a veces acaban en el manicomio o en la hoguera, porque lo diferente nos asusta, porque las palabras con filo cortan tanto como las espadas del mejor acero.

Uno no puede menos que comulgar con la ironía de Diógenes cuando se paseaba por las calles de la culta Atenas portando una lámpara de aceite encendida, lo mismo de noche que en pleno día, en busca de un hombre justo. Si eso es locura, bienvenida sea.

 

 

 

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Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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