Viernes , 17 agosto 2018
Es Noticia

La Historia de Cuba como intérprete de la nación

Alumnos y profesor (D), durante una clase en el aula especializada en la formación de maestros primarios de la Escuela Pedagógica Octavio García Hernández, del municipio Cienfuegos, lugar donde se forman futuros educandos, en Cuba, el 19 de diciembre de 2013. AIN FOTO/Modesto GUTIÉRREZ CABO

De acuerdo con las más recientes investigaciones, el primero de julio de 1935 —y no el 19, como se apuntaba anteriormente— fue investido el excelso intelectual Emilio Roig de Leuchsenring como primer Historiador de La Habana. En honor a tan importante acontecimiento, desde el año 2016 la Unión Nacional de Historiadores de Cuba, celebra el Día del Historiador.

Roig de Leuchsenring fue uno de los máximos defensores de la cultura cubana desde la historia, como valiosa herramienta para defender la identidad y preservar las conquistas de la nación. Más allá de su labor como historiador, Emilio desempeñó importantes investigaciones y publicó notables artículos y libros en el campo de la etnología, el periodismo y la literatura.

Sin duda alguna, Roig fue de los que abrazaba la idea de que para interpretar correctamente el presente y proyectarnos hacia el futuro, es necesario comprender el pasado. En este proceso, el conocimiento de la historia te revela la raíz de los problemas que padece una sociedad; te demuestra que los hechos históricos son claves para aprender del pasado y apreciar todo lo que existe detrás de lo que tenemos y hacemos.

Por tal motivo, hoy más que nunca la Historia de Cuba debe ser utilizada para consolidar y reafirmar la nacionalidad e identidad. La historia debe esclarecer los cambios que exigen los tiempos actuales, ya no sólo en Cuba, sino en toda Latinoamérica. La enseñanza de esta materia es fundamental en la conformación de la nacionalidad, la idiosincrasia, las tradiciones culturales y la moral de cada cubano.

En el caso cubano, gracias a una rica tradición de lucha que se inicia en 1868, e incluso mucho antes, durante esa etapa de nacimiento esencial de lo que tiempo después se llamaría “criollo”, la historia existe como enlace, como columna vertebral de nuestra sociedad; y los hechos y hombres protagonistas de cada etapa de formación son utilizados como motivación y ejemplo.

No obstante, en nuestras circunstancias la historia no debe ser reservorio de infinidad de conocimientos, o una simple herramienta para conservar la memoria de lo sucedido en libros y museos. Si ese recuerdo no incluye una reflexión sobre los escenarios que causaron o motivaron los hechos del pasado, si ese esfuerzo no se encauza a descubrir los patrones de conducta, los paradigmas, las normas morales, las experiencias y los ideales que fueron acumulándose, multiplicándose de generación en generación formando nuestras tradiciones de lucha, esa memoria puede resultar un simple anecdotario, un mero recuerdo, una narración, que puede ser, al final, el más triste camino. Un mito que no convoca o exalta.

La historia cubana debe conocerse. Ese entramado de rebeliones mágico-religiosas de esclavos y barracones, la mambisa rebeldía o esas usanzas criollas que en su momento definieron a una clase social cubana y que hoy constituyen la base de nuestra nacionalidad deben ser constantemente aprehendidas. Y la importancia de su enseñanza no obedece sólo a razones de orden cultural sino también a razones de orden político, a razones de independencia.

En ese sentido, la Historia de Cuba y su enseñanza deben partir de un modelo en el cual no se vislumbre como un dogma, como una simple reconstrucción de hechos pretéritos. Nuestras hazañas deben entenderse como un puente entre los sucesos del pasado, el ardor del presente y los cambios del futuro. Debe ser una materia capaz de conectar los elementos generales de una nación a las situaciones particulares que se viven, que se proyectan en la actualidad. Debe servir de traductor, de intérprete.

Y no solo depende de nuestros maestros y escuelas. Toca a cada espacio e institución, a cada familia o comunidad. Es una tarea de todos, que va a formar, en su conjunto juicios de conciencia e ideologías. Constituye una fuente substancial para la formación de la razón e identidad de las jóvenes generaciones. En las aulas, en los pasillos, en cualquier escenario escogido, la historia se ha de tomar como un acicate para la defensa de Cuba.

Acerca de Gabriel Torres Rodríguez

Periodista. Especialista en Marketing Digital y editor web de la Editora Girón

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*

Scroll To Top