Sábado , 23 marzo 2019
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La muerte tiene garras políticas

Aún están frescas en nuestra memoria las imágenes del incendio de un almacén del Seguro Social que guardaba suministros médicos en la de ciudad de Guarenas, situada en el estado venezolano de Miranda el pasado 10 de enero. Justo en ese instante, en el que ardían bajo las llamas decenas de equipos de ultrasonido y máquinas para hemodiálisis, entre otros importantes dispositivos que estaban destinados a diversos hospitales, prestaba juramento Nicolás Maduro como presidente de la hermana República Bolivariana.

En Colombia, el pasado viernes, fue hallado el cuerpo sin vida del dirigente campesino Faiber Manquillo, líder social en el departamento del Cauca, uno de los territorios más afectados por el conflicto armada en esa nación. Manquillo permanecía desaparecido desde el 26 de diciembre y fue encontrado en el estado de Nariño. Según la Defensoría del Pueblo de ese país sudamericano, desde la firma del Acuerdo de Paz, hace dos años, han sido asesinados 358 colombianos por su posición política o estar vinculados a tareas de reivindicación social. No obstante, organizaciones de derechos humanos estiman que esa cifra es incluso superior y rebasa las 400 víctimas, cerca de un centenar de ellas excombatientes de las otrora Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo.

Sería ingenuo pensar que estas acciones son cometidas solo con la intención de infundir temor en las personas. Tenemos que entender que el terrorismo es una herramienta política. Un arma de disuasión. Un instrumento de dolor que ha sido domesticado, adaptado y financiado por un sector que solo persigue fines, y para ello, utiliza cualquier medio.

Nosotros los cubanos sabemos, muy a lo profundo, lo cruel del terrorismo. Conocemos del vacío, y de la impotencia. Conocemos de la muerte.

La voladura de un avión civil en pleno vuelo en las costas de Barbados, el 6 de octubre de 1976, es quizás el más divulgado acto de terrorismo cometido contra Cuba. A pesar de las connotaciones del terrible suceso, ese monstruoso crimen es solo uno más dentro de los incontables actos terroristas aplicados políticamente contra la mayor de las Antillas.

Tras el triunfo de la Revolución, Estados Unidos se convirtió en refugio para los asesinos de la tiranía de Fulgencio Batista, quienes desde su arribo no se detuvieron para tratar de finiquitar la naciente obra socialista. Ellos, aupados por la CIA y el establishment norteamericano, afectado económicamente por la radicalización del proceso revolucionario, concibieron un plan contra Cuba y, en correspondencia con ello, desde el propio año 1959, contrarrevolucionarios sustentados por EE.UU. emprendieron acciones que, hasta 1999, arrojaron un saldo de 3 478 muertos y 2 099 incapacitados, además de incontables daños económicos.

En esa dura etapa, entre las más de 680 acciones de ese tipo, el pueblo cubano sufrió los horrores y las consecuencias del sabotaje al vapor francés La Coubre; el ametrallamientos y bombardeos a ciudades, pueblos y centrales azucareros; la quema de cañaverales; los asesinatos de trabajadores y milicianos que custodiaban sus centros de trabajo; los ataques piratas a instalaciones costeras, naves mercantes y embarcaciones pesqueras, y los sabotajes a oficinas comerciales y sedes diplomáticas en el exterior.

Las víctimas de este terrorismo contra Cuba no han sido sólo los ciudadanos cubanos. Un total de 190 atentados han sido dirigidos contra personas o bienes de terceros países radicados en territorio norteamericano. Además, se organizaron y ejecutaron docenas de acciones contra bienes de compañías extranjeras que mantenían relaciones económicas con Cuba, o contra representaciones de países que mantenían vínculos con nuestro país.

En la provincia de Matanzas, a modo de ejemplo, en el mes de junio de 1961, fue destruido un comercio rural cuyo costo ascendió a 28 000 pesos, y en 1962, resultó herido el campesino Jesús Yiloraméndez, al ser atacada la finca Jesús de Nazareno, en el poblado de Agramonte, por la banda encabezada por Pedro Sánchez González, conocido como “Perico”. También en junio de 1964 fueron heridos tres tripulantes de un barco perteneciente a una cooperativa pesquera que fue hundido en cayo Bahía de Cádiz, como resultado de un ataque pirata.

No hay terrorismo bueno o malo. Es injusto culpar, mientras perdonamos a otros. La realidad, al final, es que los muertos salen del pueblo, de los pobres, los sufridos; mientras que las decisiones, de traje y corbata, nunca están debajo del fuego y la miseria.

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Acerca de Gabriel Torres Rodríguez

Periodista. Especialista en Marketing Digital y editor web de la Editora Girón

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