Martes , 19 noviembre 2019
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Mi dosis de fantasía

Al español Arturo González-Campos le oí decir recién que “una de las grandes necesidades del ser humano es la fantasía, es la ilusión. (…) La mayoría de la gente gestiona su plato de fantasía diario de manera vicaria (…)”, para acto seguido defender a los “gestionadores de fantasía” que encuentran su “ración de ilusión” en los libros, en las películas, en los cómics…

Tal vez se trate de que nunca crezcamos del todo, no por dentro. Seguimos siendo de algún modo niños que requieren de sus juguetes favoritos para funcionar cotidianamente como la sociedad espera, bajo cualquier pretexto y forma, enmascarados para no llamar la atención de los demás.

Todo el mundo procura entregarse a sus pasiones, con frecuencia sin pensárselo demasiado, sin meterle mucho el coco al asunto, casi como si fuera un instinto básico de la especie, un denominador común más allá de cualquier diferencia individual.

Cada quien lo lleva a su manera, oculto o a la vista, y no son pocos quienes prefieren pasar desapercibidos bajo el radar de los curiosos, por preferir cierta clase de entretenimiento que podría ganarle el mote de inmaduros, o algo peor.

Los hay que se juegan el todo por el todo en las espuelas de un gallo peleón, unos se aferran a la fe o a la ideología, compran cosas caras a veces sin tan siquiera necesitarlas, coleccionan amantes o monedas viejas, se lanzan en paracaídas, se dejan leer la mano para echar un vistazo a su futuro…

Mi pasión es la fantasía. En lo personal, no consigo entender mi realidad sin la ficción, sin las metáforas que me ayudan a procesar la información sobre el mundo circundante, a metabolizarla, a digerirla y sacarle el máximo provecho.

Para unos volcar la mente en lo fantástico es el equivalente a simple enajenación, otros –yo me incluyo- lo valoran como una forma de acceder a lo real con otra perspectiva, mucho más enriquecedora y amplia, crítica.

Desde el realismo mágico de García Márquez hasta el “new weird” muy político de China Mieville, desde los mitos griegos hasta el fenómeno Juego de Tronos, las razones para adentrarse en la literatura y el audiovisual de fantasía nunca antes formaron una lista tan larga y variada.

Lo que fue tildado alguna vez de bobos cuentos de hadas para niños, libros para leer en el baño, hoy alimenta a una voraz legión de consumidores a nivel mundial, y entre ellos los jóvenes mandan.

“Los cuentos de hadas son los primeros relatos que escuchamos, y aunque están destinados a maravillar y a entretener, ofrecen también los medios para canalizar conflictos psicológicos” dice el autor Sheldon Cashdan, en su libro La bruja debe morir.

En el ensayo Cashdan asegura que los tiernos relatos infantiles en realidad “nunca fueron pensados para los niños. Concebidos primero como un entretenimiento para adultos, los cuentos de hadas se contaron en las reuniones sociales, en los bailes, en el campo, en los sitios donde se congregaban los adultos, no en los jardines de infancia.”

Vivimos en un mundo distópico, con una carga de surrealismo innegable, lo aceptemos o no, donde lo que considerábamos hasta hace poco imposible hoy es cosa cotidiana, a veces para bien, a veces para mal, y los ejemplos abundan en escenarios como la tecnología o la política.

La fantasía dejó de ser el patito feo del entretenimiento para convertirse en su cisne. Hoy se vende empaquetada de todas las maneras posibles, más atractiva que nunca, hecha a la medida de la demanda, convertida en un producto más para globalizar.

Es un género con adeptos y enemigos acérrimos porque no deja a nadie indiferente, heredero de reacomodos sociales e influencias culturales de toda clase, la playa donde naufragan quienes ya no encuentran en el realismo al uso lo que quieren o lo que necesitan.

La consumen los mismo los adolescentes que los tembas como una no tan nueva droga sin efectos adversos, adictiva hasta el extremo. Desde El Señor de Los Anillos a La Guerra de Las Galaxias, así de diversos son los cimientos de la fantasía que puede ser entendida como simple hobby o como un modo de vida para una creciente comunidad mundial, Cuba incluida.

Un simple examen por arribita de los intereses de las nuevas generaciones de cubanos permitiría comprobar que lo fantástico les atrae como el polen a las abejas.

Escritores de fantasía y ciencia ficción en Cuba los tenemos, más o menos jóvenes, más o menos conocidos, pero allí están y entre ellos crecen como la hierba los nuevos talentos a quienes se les debe todavía una promoción con todos los hierros.

Mientras tanto, cada día en la mayor de Las Antillas somos más quienes nos tomamos a cualquier hora del día nuestra cucharadita de fantasía, como una forma de automedicarnos para sobrellevar la realidad de un mundo cada vez más raro.

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Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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