No es una adivinanza, ni siquiera un enigma para probar su imaginación, sino una realidad que golpea con demasiada frecuencia: alcoholismo y accidentes de tránsito, lacras sociales que se integran en un mismo tema recurrente.
En su diario andar por el mundo gozan de una impunidad terrorífica. Cuando actúan solos son sumamente peligrosos, y asociados forman una pareja de consecuencias casi siempre mortales para quienes atrapan entre sus garras.
Lo demuestran estadísticas de muertos, heridos y daños materiales que saltan a la vista en un lapso determinado cuando se analizan las consecuencias de manejar un vehículo con unas copas de más circulando en el torrente sanguíneo.
De período en período, se constatan resultados patéticos si han subido los citados números, o se ofrecen señales de festinado optimismo si han bajado. Pero de tanto repetirse ese sube y baja, las palabras y guarismos que lo expresan menguan el poder comunicativo del peligro que representa conducir después de haber ingerido bebidas alcohólicas.
Cuando usted lee que solo en el transcurso de un año más de un millón 200 mil personas murieron en el mundo, como consecuencia de accidentes del tránsito, puede que todavía no se percate de la verdadera trascendencia del fenómeno, que también involucra a los cubanos.
Esas trágicas secuelas realmente solo son comparables con las de una guerra de grandes proporciones desatada por la aberración del sentido común.
Al comprenderlo, puede que lleguemos a la misma conclusión de la Organización Mundial de la Salud, cuando afirma que la seguridad en las vías no depende realmente de acciones fortuitas, sino de la falta de responsabilidad e imprudencia de las propias personas.
Para no reincidir en frialdades numéricas, reflexione en las consecuencias de esa guerra especial desatada a diario por el alcoholismo y el dislate: mutilaciones, huérfanos, enfermedades crónicas, fallecimiento de seres queridos, lágrimas, hambre, indigencia, degradación moral…
Siga añadiendo adjetivos y recuerde que en esa conflagración todos podemos llegar a ser participantes gratuitos: víctimarios y víctimas sin causa defendible. Pero no responsabilice a la palabra accidente, ésta solo enmascara el propio desatino de los humanos.
Si lo entendió, ya puede asombrarse. Ahora explíqueselo al que tiene al lado. A lo mejor contribuye a salvar vidas, la de él, la de sus familiares, y hasta su propia vida.
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