Jueves , 14 noviembre 2019
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Solidaridad de los transportistas: Una de cal y otra de arena

Solidaridad de los transportistas: Una de cal y otra de arena

Solidaridad de los transportistas

Yo no estuve ahí, pero lo vieron todo un par de ojos en los que confío. En las primeras horas del amanecer, bajo la lluvia que parecía de tormenta, cada integrante de una multitud ansiosa trataba de llegar a su destino varias decenas de kilómetros más allá. Con el combustible tan escaso, cualquier vehículo parecía un raro avistamiento, como si se tratara de animales en peligro de extinción o de criaturas mitológicas.

Pero precisamente allí, bajo el agua que no paraba de caer sobre las gentes y las cosas en la cubana ciudad de Cárdenas, había mujeres y hombres con chalecos azules empapados que ponían orden, que hacían frenar a los choferes menos solidarios o dispuestos, para confiarles el traslado de los pasajeros. Tan bien hacían lo suyo los de los chalecos que poco a poco mermaba el piquete de viajeros varados.

Con más o menos drama, bajo sol o lluvia, la escena se repite en estos días con frecuencia, en cualquier rincón de una Cuba que, sometida a presiones de todo tipo, debe ralentizar su marcha para no detenerla.

Solo ahora, cuando el zapato aprieta, entendemos cuanto dejamos de hacer cotidianamente por nuestros semejantes y por nosotros mismos. Los buenos ejemplos, las actitudes positivas como aquellas de los inspectores populares de la anécdota, suelen perderse tristemente en el olvido.

Claro, es normal, porque a uno se le pega más fácil lo negativo, y al final del día es más común acordarse de la cara del villano chofer de un vehículo propiedad del Estado que no dio botella, del inspector que permitió al transportista privado subir el precio del pasaje, de todo cuanto falta o sobra para vivir mejor.

Una de cal y otra de arena. Porque de pétalos podemos hablar, pero también de espinas. De esta otra escena si fui testigo, participante, víctima. El tan esperado camión no había parqueado todavía en el viaducto matancero –lleno de gente- y su conductor ya gritaba el precio duplicado del pasaje, sin dar más excusa que la escasez de combustible.

Quien pudo montarse dudó entre sentirse con suerte o estafado. Un solitario hombre con chaleco azul allí presente dejó que todo sucediera, con los brazos cruzados, los ojos abiertos y la boca cerrada herméticamente. ¿Pertenecería a una especie diferente a la de aquellos colegas suyos que algunos kilómetros más lejos se batían bajo la lluvia para ayudar a sus conciudadanos?

Solidaridad de los transportistas: Una de cal y otra de arena

Foto tomada del perfil de Facebook de Bárbara Vasallo

Es inconcebible que un cubano no ayude a otro cubano en estos o en otros tiempos. “Pensar como país” solo funciona si lo hacemos todos.

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Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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