En busca de la libertad salió el caminante un día. Desandó las tierras oprimidas por la utopía de un mañana mejor. Combatió las miserias y a los miserables y multiplicó su voz con sangre, fuego, brisa y lágrimas de alegría.
El Guerrillero del tiempo, el Quijote contra molinos de prolífica lucidez. Ese es Fidel, verbo de acción y adjetivo superlativo, profeta en su tierra y su época, luz y guía para los pobres con quienes echó su suerte.
Hoy parte hacia otras dimensiones a proseguir la lucha. Nos deja la misión de corresponderle en su empeño; de consagrarnos a ese concepto universal que es Revolución en mayúscula. Él, dignifica la cotidianidad de ser mujer, hombre, niño, anciano, negro y blanco.Supera marejadas y timonea a la izquierda por una verdad irrefutable: somos hijos de la libertad.
Es misticismo afrocubano, canto de lucha y retoño matutino de azucena y clavel. Es tiempo pasado, presente y futuro; es una defensa siciliana ante los demonios colonizadores. Es el alba de la equidad social y también, la sonrisa de mi pequeño Alejandro.
Fidel es uno de sus tantos nombres. Hay quien lo llama: Padre, Esperanza, Justicia, Libertad, CUBA.
Me ensordece este silencio sepulcral. Pienso en el porvenir y brota una verdad amarga: …“Un día como hoy falleció en La Habana el líder de la Revolución”…
Dicen que los padres no deben sobrevivir a los hijos, pero que duro es para los que quedamos atrás.
Luego, se empina hacia el cielo una bandera de estrella solitaria. Canta el pionero su himno y venera a esa imagen con blanca barba. Todo valió la pena. Sonrío entonces, Fidel.
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