
Sudo, luego escribo. La frase resume mi jornada y seguramente habría hecho sentirse orgulloso a mi viejo profe de español, el mismo que se complacía en desmenuzar aquellos encantadores textos de Galeano -ni más ni menos- en busca de la “idea central”.
No son pocos los forasteros que de visita en esta isla atrapada en el limbo de un verano eterno se maravillan de la capacidad demostrada por nosotros, sus habitantes, para sobreponernos al calor y realizar cualquier tarea cotidianamente como…levantarse de la cama en la mañana, o escribir.
“¿Cómo lo hacen?”, se preguntan los extranjeros con toda la pinta de estar a punto de derretirse, no obstante, aseguran que de Cuba se quedan por encima de todo lo demás (incluida la playa y la cultura) con “el clima y su gente”. Entre ellos los más blancos al llegar aquí en busca de un idílico bronceado pasan por una transformación que los deja de un color intermedio entre el plumaje del flamenco y una hamburguesa a medio cocinar. Como las aves migratorias, llegan huyendo del invierno.
Un periodista peruano me comentó algunas impresiones de su primera visita a Cuba. “Es increíble todo lo que ustedes han podido lograr, en lo social, el deporte, la educación, la cultura… ¡y con este calor!”
No es un tema menor, este del tiempo y el clima. Recuerdo las lamentaciones de un respetado escritor cuando, en mi presencia, narraba a sus lectores las penurias de escribir en pleno agosto. Ubicaba el ventilador de tal modo que le refrescara sin poner a volar las cuartillas donde volcaba su intelecto. “Cuesta, cuesta muchísimo escribir así”, decía el sufrido autor.
Quien lo vive lo sabe. Se siente como tarea de titanes la de sacar cada pensamiento de su funda de tinieblas, despojarlo de impurezas hasta obtener el estado deseado, y luego tratar de tejer el mejor texto posible hilvanando cada hebra, y todo eso mientras mente y cuerpo protestan por hallarse dentro de un horno a máxima potencia.
La pluma se percibe con incomodidad en la mano húmeda, los dedos sudorosos se resbalan torpemente sobre el teclado del ordenador, la ropa empapada parece una segunda piel y se aferra al cuerpo de un modo antinatural, la mente es una máquina que trata de apagarse por estar sometida a tensiones no previstas en su diseño.
Es una regla de oro nunca escrita, una verdad de Perogrullo, aquella de evitar que el calor sufrido, y otros inconvenientes, se reflejen en el producto final de quien, sudando, escribe. Un viejo libro recomendado a los estudiantes de periodismo para adentrarse en los rudimentos del oficio, recomendaba escribir el texto siempre en un lenguaje lo más llano y claro posible, de tal modo que el lector los entendiera con poco esfuerzo e incluso pensara que él mismo habría sido capaz de escribirlo. Nada decía el texto (muy consultado por los estudiantes cubanos de la carrera) sobre las altas temperaturas que sufrirían en lo adelante quienes ansiaban ejercer “el mejor oficio del mundo” según El Gabo.
El calor nos iguala, nos define. Hay una camaradería pocas veces reconocida entre quien sudando lee lo que otro escribió sudando. En lo más caliente del mediodía o de la tarde, en las noches sin brisa, alumbrado por la llama temblorosa de una vela, con poca luz o con ninguna, en solitario o rodeado de gente, sobreponiéndose a todo lo que podría amedrentarlo, en batalla contra las carencias y otros monstruos cotidianos, cansado pero terco, esperanzado y fabuloso, siempre hay un cubano que, sudando, escribe.
Su imagen más cercana

Y aún más amigo Roberto. Muchos sudan, luego construyen, cosechan frijoles, abren una trinchera. Pero es cierto a veces sudamos detrás de una palabra esquiva, una información o un sencillo poema de amor. Me resultó simpático el color que le asignaste a los foráneos que vienen a disfrutar del sol insular. Saludos mientras sudo y escribo.