Sábado , 22 septiembre 2018
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Por suerte, no son mayoría

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Recuerdo que en muchas ocasiones, en mi infancia, ayudé a la vieja en algunas tareas de la casa. Durante aquella época, en el batey del central donde crecí, también podía encontrar a varios de mis amigos enfrascados, de vez en cuando, en trabajos hogareños.

Para los chicos de mi generación chapear un patio, buscar «los mandados» o echarle una mano a papá en el arreglo de la bicicleta o el tractor no era cosa rara y, mucho menos, algo por lo cual sentir vergüenza.

Incluso, durante aquellos tiempos, antes de salir para el estadio rumbo a la eterna «guerra» de barrios y béisbol, había que pasar revista casa por casa, y el retrasado en aquellas labores recibía un impulso grupal, solidario. El trabajo, que no era mucho ni tanto, tenía color de juego y resultaba casi anecdótico.

Me preocupa que actualmente no suceda así. He comprobado que a varios chicos de hoy les cuesta «tirar un cabo» puertas adentro. Quizá obnubilados, o presionados, por la enfermiza necesidad de pasar niveles en el Candy Crush, shockeados con la última pirueta futbolera de CR7 o enamorados perdidamente de la última versión del Zapya, olvidan, ellos y sus padres, que el trabajo es formador de valores e ideas.

He visto lacerar crudamente el orgullo de una chica a la que sus amigas sorprendieron limpiando; he escuchado llover burlas sobre un muchacho que dedicó un sábado a ayudar a su papá en una reparación eléctrica; he percibido frases despectivas hacia obreros tan honrosos –y no digo necesarios– como constructores, auxiliares de limpieza, mecánicos o barrenderos.

Pero más allá de esta actitud malsana e infantil, más me inquieta su proyección social. Este grupo idolatra a íconos vacuos y circunstanciales como Bad Bunny o Becky G; los iluminados y atrevidos desfiles de Victoria’s Secret o la colorida ampulosidad de Katy Perry. Son consumidores pasivos del imperialismo cultural que nos venden descaradamente Disney y sus Avengers. No entienden ni les preocupa lo elemental de la política o la ideología, y creen que la Historia es solo un cuento largo, protagonizado por bustos inamovibles y serios.

¿Responsables? En primer lugar, la familia. Creo que los valores más profundos y la formación inicial parten de ese espacio. Si fallan estos engranajes primarios, será casi seguro que los demás no encontrarán acomodo en el transcurso de la vida.

Recuerdo que empecé a apasionarme por los libros, observando a mi padre devorar volúmenes. Gracias a él, conocí desde temprano las aventuras en la selva de Salgari y la ciencia futurista de Verne. Eso dio paso a una creciente necesidad de más lecturas, cada vez más completas e instructivas. La biblioteca se convirtió, entonces, en uno de mis mejores amigos.

De mi madre absorbí responsabilidad y tesón, buenos modales y laboriosidad. Esos momentos en que cargué cubos de agua, recogí mangos y guayabas o toqué la puerta de la vecina en busca de un poco de sal, resultaron breves gotas de enseñanza que, de alguna forma, han contribuido a formarme.

Han sido los padres de esta generación quienes han entronizado el discurso de: «yo no quiero que pase los trabajos que yo pasé», en clara alusión a las carencias materiales que padecimos todos los cubanos durante la etapa más dura del periodo especial. Nunca negaré esa realidad, pero reconozco también que fue un momento de crecimiento, de confirmación, de formación y compromiso.

El trabajo hace al hombre, me enseñaron de pequeño. No hay fruto más hermoso que el que se cultiva con nuestras propias manos. Y esa tarea también les corresponde hacerla entender a la escuela y los medios de comunicación. Las experiencias que sean capaces de aprehender esos muchachos moldearán su futuro. Los errores que cometan formarán sus actitudes y construirán su carácter.

Nuestra juventud está llena de hermosos ejemplos donde florece el conocimiento y la virtud, los buenos valores y la educación.

Fui testigo, hace semanas, de una discusión de alto vuelo sobre la calidad poética de Goytisolo. Comprobé que el Museo Farmacéutico no solo es visitado por turistas y que todavía Serrat puede darse el lujo de adornar los oídos de algunos adolescentes cubanos. Por suerte, los ampliamente descritos no son mayoría.

Acerca de Gabriel Torres Rodríguez

Periodista. Especialista en Marketing Digital y editor web de la Editora Girón

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