Tribulación: congoja, pena o tormento; sentimiento de disgusto o preocupación que inquieta y atormenta. Así se siente mi amigo Pancho, fumador de dos cajetillas diarias de cigarrillos, cuyos ingresos monetarios son modestos. “Me estoy gastando un dineral”, me comenta, y enciende el tercero de los más de cuarenta cigarrillos que consumirá este día.
Panchito solo se refiere a su tribulación monetaria particular y a la sospecha de que arriesga su vida con cada inhalación del humo al que no renuncia. No se ha detenido a pensar que su vicio, sumado al de millones de compatriotas, no solo afecta sus bolsillos, sino también, y en alto grado, a la economía de todos y del país.
¿Es justo? Veamos.
Los presupuestos anuales, entre ellos el de la salud pública, se forman a partir de los fondos que por diversas vías recauda el Estado. Entre ellos los impuestos que pagan los ciudadanos, incluido el llamado “impuesto de circulación”, en virtud del cual las mercancías adquieren alto costo.
¿Qué dicen los expertos?
La enfermedad crónica ocasionada por la adicción a la nicotina y la exposición permanente a más de siete mil sustancias es responsable de que aproximadamente cada hora mueran dos personas en Cuba, debido a enfermedades atribuibles al consumo del tabaco.
Reflexionemos: antes de la muerte, estuvo la asistencia sanitaria: médicos, enfermeras, medicinas subsidiadas, ingresos hospitalarios, análisis, radiografías y etcéteras que no cuestan al enfermo, pero si merman los presupuestos por enfermedades que pudieron evitarse absteniéndose de intoxicarse con el tabaquismo, como hacen ya millones de personas, que han asimilado las consecuencias, al menos individuales.
El vicio además, implica: pago de pensiones y de períodos de incapacidad, pérdida de productividad, muerte prematura, daños a la economía familiar y afectaciones al medio ambiente, entre otras calamidades.
Estudios oficiales enfatizan que en el nivel primario de atención, los fumadores hacen mayor uso de los servicios de salud, ingresan en hospitales cuatro veces más que los no fumadores y provocan significativamente más gastos a las instituciones.
¿Por qué los que no fuman tienen que pagar y sufrir las consecuencias de los que, aun sabiendo el riesgo que corren, y el daño que causan, siguen echando humo?
Sucede igual con los bebedores que en estado de embriaguez causan accidentes de múltiples y costosas consecuencias.
¿Por qué los que no beben, o lo hacen con moderación tienen que pagar y sufrir las consecuencias de los que, aun sabiendo el riesgo que corren, y el daño que causan, siguen empinando el codo sin mayores consecuencias penales?
Sin dudas también esas son preguntas que pueden causar tribulaciones individuales en fumadores y bebedores. Pero no solo a ellos, también a sus familiares, y en términos económicos a todo el país.
Sería de interés general que sobre estas angustias también se pronuncie la nueva Constitución cubana en preparación.
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