Cuenta la leyenda que Narciso era un joven hermoso y enamorado de sí mismo que murió por su incapacidad de amar y de reconocer al otro. Precisamente, fue este personaje de la mitología griega quien inspiró el término narcisista para referirse a las personas que viven constantemente preocupados por sí mismos, olvidando a los demás.
El narcisismo es un trastorno de la personalidad que implica la preocupación excesiva por sí mismo y cómo es percibido por los demás. La persona narcisista está interesada en la satisfacción de su vanidad y la admiración de sus propios atributos físicos e intelectuales. Quizás por eso, cada vez más jóvenes y adolescentes se sienten identificados con esta práctica en una etapa de la vida en la que se construye la identidad.
Los rasgos narcisistas no siempre son fáciles de reconocer y, con moderación, no tienen por qué ser un problema. Y es que un poco de narcisismo en la adolescencia ayuda a los jóvenes a sobrellevar la tormenta y el ímpetu de la juventud. Por lo general, se trata de comportamientos egoístas, poco empáticos y a veces un tanto exhibicionistas, de personas que quieren ser el centro de atención o ser reconocidas socialmente. En otras ocasiones el comportamiento es más sutil o incluso más dañino. Puede darse en el caso, por ejemplo, de quien exige una atención extrema a sus comentarios y problemas y, si no la consigue, concluye que es diferente de los demás y que nunca recibe el respeto que merece. Para preocuparse y ponerle atención, ¿no creen?
Las nuevas formas de comunicación y tecnología estimulan a los adolescentes y jóvenes, sobre todo aquellos entre 18 y 25 años, a querer exhibirse cada vez más. Y si esto no ronda al narcisismo, está muy cerca. Cada día se suben a Instagram más de 80 millones de fotografías, con más de 3.500 millones de likes: “Yo, con mi nuevo look”, “Yo, con mis amigos”. “Yo, de fiesta”. En Facebook, ni qué decir. Millones de usuarios ofrecen detalles de su vida al mundo. Así sucede con muchísimas otras plataformas digitales y redes sociales que alimentan el ego más allá de los límites. ¿Será que Internet nos está convirtiendo en narcisistas ávidos de fama, obsesionados por conseguir amigos virtuales y lograr el impacto de nuestros posts?
En la era mediática en la que vivimos, los artistas, los deportistas, los modelos y los personajes más famosos, se convierten en figuras ideales para los jóvenes. Y eso, claro está, agrava aún más, la necesidad de reconocimiento que mueve a las personas interesadas solo en sí mismas. Todo estos elementos se hacen acompañar de síntomas muy claros. Una persona narcisista no escucha, sólo oye para ver cómo niega, descalifica o ignora el comentario del otro. Además se preocupa por sí mismo, se siente por encima de todos y no acepta críticas. No aceptan ninguna responsabilidad y suelen ser muy explosivos.
Aunque puede predecir simpatía social a corto plazo y rendimiento en el ámbito público, también tiene costos muy altos. Sobre todo aquellos relacionados con el exceso de confianza, la incapacidad de aprender de los errores y las relaciones emocionalmente superficiales. Pero la principal consecuencia de todo este descontrol de la personalidad es el egoísmo, donde los vínculos interpersonales se ponen en un segundo plano. El ser queda desplazado por el tener.
¿Será entonces que el hechizo por el aspecto físico y la necesidad de mostrar a toda costa las mejores cualidades, enmascare inseguridades y cualidades no tan bellas? La respuesta, seguramente, no está sólo en la imagen que nos devuelve el espejo. Está más bien en la formación, en esos valores que desde pequeños nos inculcan nuestros padres y educadores. Muchas veces la sobrevaloración de los hijos y los cumplidos en exceso, los convierten en narcisistas por defecto.
Una dosis de narcisismo en la adolescencia puede resultar beneficiosa como parte de la construcción de la personalidad, en una etapa llena de cambios. Lo que no podemos perder de vista son los límites y la educación en valores. Hay que cultivar entonces la autoestima, esa que se consigue con cariño, apoyo y atención. Sólo así, se podrán revertir actitudes egoístas para dar paso a una mirada colectiva donde todos cuenten.
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