¿Cuántas penas se suben al escenario, cuántas se entregan y cuántas se niegan a desprenderse?¿ Cómo no entender Mirita que las penas no pudieron cercenar tu vida? Como no ver que fueron el fuego forjador de tu cuerpo, una inspiración más para conquistar las tablas del teatro de la vida.
Las penas no te mataron, puesto que si hubiesen alcanzado su meta, ellas perecerían sin poder amar cada centímetro del arte matancero, desde Milanés hasta Feo, desde los parques hasta los teatros. Mirita no descansa ni ceja en decir Las penas no me mataron, obra que estrenó en su teatro, aún sin terminar.
¿Dónde buscar los asideros para perdurar ante el azote del rechazo, la omisión, la indiferencia? Acaso hay una respuesta simple. No. Solo se encuentran en la combinación intrínseca de perseverancia, amor y perdón.
Las penas se disuelven con el tiempo, se matan con el solapado cercenar de las sonrisas y los aplausos de los públicos que buscan a Charlot, Edith Piaf, Feo, a todos esos personajes hospedados en el cuerpo de Mirian Muñoz y de aquellos que comparten y forjan los despertares del teatro matancero.
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