Meditar significa aplicar con atención el pensamiento a la consideración de algo, discurrir sobre los medios de conocerlo o conseguirlo. La meditación es un método recomendado desde hace milenios por cultos religiosos y fraternales con la promesa de que mediante esa acción sostenida de podrá desterrar fantasmas mentales, originados en negativas experiencias personales, y llegar a cambiar positivamente la proyección mental, mejorar el estado de ánimo, conocernos mejor (el sí mismo del que hablan los sicólogos) y llegar a obtener literales milagros que mejoren nuestra vida terrestre en todos los sentidos, y para creyentes metafísicos, purificarnos con la ilusión de alcanzar otras formas superiores de existencia en el futuro.
En realidad, una de las más frecuentes ansiedades del ser humano se relaciona con la posibilidad de variar sus actitudes mediante cambios en el funcionamiento de su cerebro.
Sobre este tema, durante siglos se han escrito numerosos tratados seudocientíficos, religiosos, filosóficos y hasta humorísticos para consumo de una “clientela” ávida de incursionar en tan apasionante asunto.
Unos lo hacen desde una perspectiva simplemente curiosa. Otros con vocación casi sacerdotal que puede lindar con extremismos. No faltan quienes se aprovechan de las inseguridades y “traumas” ajenos para hacer fortuna, engañándolos con series de consejos, ejercicios y hasta predicciones que invocan desde espíritus burlones hasta el movimiento de los planetas en nuestra sistema solar y mucho más, en galaxias lejanas, sin olvidar a profetas de antiguas y novísimas religiones.
Cuando llego a este punto no puedo olvidar aquella experiencia de la niñez, cuando al transitar por la habanera calle Galiano, escuché a un señor muy serio, vestido todo de blanco, que alzaba una revista en alto y vendía “la palabra de Dios por la módica suma de 25 centavos”.
En este contexto destacan quienes afirman sin dudarlo que la meditación sí es capaz de cambiar el cerebro a corto plazo, durante la meditación misma, o a largo plazo, tras años de práctica.
Recuerdo a mi amigo Guillermo Galloso, un antiguo cajista de imprenta, que afirmaba categóricamente ser capaz de transmitir su pensamiento mediante la medicación concentrada y lograr, incluso, a curar dolencias propias y ajenas, de lo cual citaba ejemplos. Era buena gente y no cobraba nada por aquellas meditaciones voluntarias que lo sumían durante horas y hasta días en un ensimismamiento absoluto.
Expertos que han escrito sobre este tema afirman que “todas las formas de meditación incluyen entrenar la atención. La meditación “abierta” implica prestarle la misma atención a todo, sin juzgar o distraerse. La meditación “cerrada” o “concentrativa” conlleva prestarle atención intensa y fija a una sola cosa, como a la respiración, a un sonido o a un sentimiento.”
A favor de esto último se ofrecen testimonios de escáneres cerebrales (dispositivo utilizado en medicina, electrónica e informática, que explora el cuerpo humano, un espacio, imágenes o documentos) aplicados al cerebro, que al momento de la meditación muestran un incremento de la actividad en partes de la corteza frontal asociadas con control atencional y con otras áreas, dependiendo del tipo de meditación.
“Las respuestas emocionales también resultan afectadas y hay registro de un incremento de la actividad en los circuitos subyacentes a las emociones positivas y al control de emociones. “Estudiar los efectos a largo plazo es más difícil, ya que los resultados deben medirse tras años de meditación y la gente que aprende a meditar y persevera en ello es distinta a la gente que lo hace en un contexto de corto plazo. Con todo, los datos sugieren que la meditación a largo plazo muestra más actividad coherente a través de distintas áreas del cerebro y que éste envejece más lentamente.
Testimonios de personas que practican la meditación mediante algún método tradicional –incluido el yoga-, o de quienes empíricamente aprendieron a relajarse concentrando la atención en la respiración lenta y sostenida, afirman que sí han logrado mejorar determinados hábitos, entre ellos el tabaquismo, y para bien han transformado sus reacciones anímicas ante estímulos exteriores que antes les causaban furor y los estresaba.
Por supuesto, algunos siguen un método estricto, y a veces rituales al estilo del faquir (individuo que ejecuta retos de resistencia física y mental, tales como caminar sobre el fuego o cristales, introducirse antorchas o cuchillos en su boca, acostarse sobre camas con clavos).
Pero no hay que llegar a extremos. Meditar simplemente, sumirse en los pensamientos propios, analizarlos, concentrarse e intentar alejarse del ruido cotidiano –en primer lugar la televisión, los celulares, las tabletas, las bocinas y los audífonos portátiles y otros “entretenimientos absorbentes” es buena práctica para iniciarse en la meditación, en la casa propia o en la espera de una consulta médica, de una oficina de atención pública, en un parque sin “wifi”, a la orilla del mar, en una capilla, o bajo un árbol a la sombra, tranquilo, en silencio, en paz…
Lo invito a meditar sobre este asunto, a incorporar sus propias experiencias, aunque sea con el simple soliloquio a cualquier hora del día o la noche, y decidir si vale la pena intentarlo. Después me cuenta.
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