Jueves , 2 abril 2020
Es Noticia

A-titud con C y con P

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Imagen ilustrativa. Tomada de www.fcom.uh.cu

Aquel día califica como uno de los más importantes y estresantes de mi vida. Un 16 de noviembre, seis años atrás, comenzó un sueño: hice la pruebas de aptitud de Periodismo.

La noche anterior, fue larga y letargosa. Desperté muchas veces para ir al baño y tardé para conciliar nuevamente el sueño. Periódicos, mesas redondas y noticiarios invadían mi mente a flashazos.

Desperté casi una hora antes del sonido del reloj. Vestí mi uniforme de Preuniversitario, me hice una coleta en el pelo y pedí a la Caridad del Cobre que todo saliera bien.

Mami, como en todos los momentos trascendentales de mi vida, me acompañó. Recorrimos más de 80 kilómetros para llegar a la sede Camilo Cienfuegos de la Universidad de Matanzas. Era una mañana ligeramente invernal. La Atenas de Cuba despertaba con un velo blanco, a través del cual apenas se distinguía la bahía.

Un mar azul inundaba la casa de altos estudios matancera. Éramos más de 200, provenientes de diferentes municipios y centros de estudios. La mayoría no nos conocíamos; pero compartíamos un anhelo común, así que intercambiamos preocupaciones y aclaramos dudas, como si hubiésemos sido viejos amigos. A nueve, de aquellos 200, hoy me unen fuertes lazos, aunque esa mañana de noviembre ni siquiera recuerde haberlos visto.

Sentía el corazón presuroso, como cuando uno se enamora por primera vez, evidentemente, descubrí meses después haberme enamorado a primera impresión en aquellos edificios resguardados por árboles.

Sobre las 9 de la mañana reunieron al grupo. Desde una escalinata no muy elevada, varios profesores explicaban cómo se desarrollaría la jornada y repartieron unos pequeños tiques con números de identificación. El 136 fue mi número de la suerte, aún conservo ese pedacito de cartón blanco de forma cuadrada.

Fuimos repartidos por aulas, en las cuales nos esperaba paciente un examen de 25 preguntas con sus respectivos incisos. El planeta más frío, las siete maravillas del mundo moderno, la fórmula química de un derivado de la caña de azúcar, el nombre del manager del equipo campeón de la Serie Nacional de Béisbol, el año del apagón analógico y otras tantas preguntas que ya olvidé, pusieron a prueba mi cultura general. Estaba demasiado nerviosa y el lápiz bailaba en mi mano. Una muchacha muy elegante, con una bufanda rosada al cuello, custodiaba el aula. Creo que no tuve tiempo para mirar hacia arriba durante los próximos 45 minutos.

Una vez afuera opté por no corroborar mis respuestas, como es común, cuando se culmina un examen. Creía que lo había hecho todo mal. Tenía ganas de llorar, no lo hice por no defraudar a mi mamá, quien tenía claro que ese día solo era uno más de los que me acercaba a mi sueño, pues desde aquel entonces, me vislumbraba consiguiéndolo.

Tras una larga espera, cantaron los números, como decimos en buen cubano. El 136 no aparecía en aquella lista de 100 clasificados a la siguiente fase. Solo restaban 10 o 9 puestos. Sostenía con fuerza la mano de mi madre. Fue en el momento en que la miré para decirle que nos marcháramos, que me abrazó y me dijo: Sabía que lo lograrías. Admito no haber escuchado nunca mi número; pero evidentemente constaba en la lista de quienes pasábamos a la prueba de redacción.

En esa estuve más calmada y segura; pero en ningún instante confiada, aún quedábamos unos 100, para solo 10 plazas universitarias. La caligrafía y ortografía, así como la capacidad de reproducción de una idea central mediante la toma de notas luego de una lectura y la redacción, sujeta a diferentes parámetros como extensión y tema, figuraron entre los aspectos medidos.

Terminada esa fase, nuevamente una espera de aproximadamente tres horas me inquietó. Estaba cansada, admito que quería regresar a casa. El reloj marcaba las 5.35 de la tarde, comenzaba a oscurecer.

En la voz del locutor y profesor Leonel Esquivel, llegó la alegría de mi pase a la tercera y última prueba. Fuimos concentrados en un aula muy grande (aula para conferencias) y llamados uno a uno a pasar frente a un tribunal. “La entrevista”, así llamaban a esa conversación terrorífica con periodistas y profesores. Tras las presentaciones pertinentes y un buenas tardes entrecortado de mi parte, llovieron preguntas de los “cuatro jueces”. Traté de sonreír, mostrar confianza, dominio y ser enteramente sincera. Traté… no pensaba haberlo logrado.

Me despedí deseando buenas noches, estampé una sonrisa de quien no sabe que más va a decir. Llegando a la puerta, giré sobre mis pies, haciendo levantar el tachón de mi saya azul, y dije: Profes que placer haberlos conocido, nos vemos en septiembre. Mi comentario suscitó algunas carcajadas seguidas de los augurios de un buen viaje hacia Colón.

La suerte estaba echada. Alrededor de dos meses después lo supe entre lágrimas de alegría. El enamoramiento había sido correspondido. El periodismo también se había enamorado un poco de mi aquel día ligeramente invernal del mes de noviembre.

 

 

 

 

 

Acerca de Liannys Díaz Fundora

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