En más de una ocasión, le han preguntado a Lázaro Israel de León Sosa si proviene de una familia de artistas. Y es que cuando se aprecian sus obras de artesanía, no queda duda de los dotes de creador de este artesano. Él responde que no, pero rápidamente piensa en su padre zapatero y su madre costurera. Quizás de ahí provenga su destreza con las manos, de donde emergen disímiles piezas.
Los bonsáis también cobraron protagonismo en la vida de Israel. Posee una gran colección de estos diminutos árboles. “Este es mi otro mundo”, comenta en la terraza de su casa, donde el verde de más de 300 especies de plantas acaricia la vista, un hobby que le fascinó desde niño. Ese es su paraíso, asegura.
En la sala de su hogar descansan varias obras de las más de 50 que han recibido premios en las diferentes exposiciones que ha participado. Asegura que descansan allí, porque no pudo desprenderse de ellas. “Son irrepetibles, por lo difícil de su creación, y por supuesto, por el cariño que les tomo”.
Un buen día decidió dedicarse exclusivamente a su pasión: el bronce. “Recopilaba viejos fragmentos de ese material, lo mismo de una cama antigua, el marco de un cuadro, un mueble, una lámpara. Luego los recortaba y los unía con un punto de soldadura. Así iban naciendo mis obras”.
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