Existen personas que son un libro abierto, apenas se necesita indagar sobre su vida. Cada gesto denota los rasgos de su personalidad, con tan solo observarle desde la distancia ya uno se hace una idea de quién es y a qué se dedica.
Algo así sucede con Eugenia Virgen Viltre González. Basta una mirada para entender que se trata de una mujer de trabajo: sus brazos esculpidos por las labores agrícolas, su agilidad en los movimientos hablan de una salud envidiable y que siempre estará dispuesta a emprender cualquier tarea con efusión.
“Debo hablar con ella”, pienso. Minutos después el saludo de rigor, la presentación habitual: “Hola, soy periodista, me permite unas palabras”. “Por supuesto, faltara más”, responde ella sin amilanarse por la grabadora ni el tablet donde intento capturar su imagen.
En una mano conserva orgullosa un diploma entregado en el encuentro de mujeres rurales efectuado hace solo minutos en el Instituto de Investigaciones de la Caña de Azúcar, Epica Antonio Mesa Hernández, organizado por la Federación de Mujeres Cubanas.
El encuentro transcurre en un sábado mañanero con un sol refulgente sin rastros de nubes. “Un día perfecto para lavar”, pensarán algunas de las mujeres allí presentes, aunque minutos antes se hablara de igualdad de género y compartir las faenas del hogar, creo que esa conducta no se ha entronizado en la mente de todos los hombres. Si bien la mujer cubana, y en particular la rural, goza de igualdad jurídica y legal, en la mente se producen los cambios más importantes. (Vale destacar que la idea del lavado se le haya ocurrido a este redactor).
Virgen, como todos conocen a Eugenia, se acomoda en el banco de un ranchón donde transcurrirá nuestro diálogo. Le comparto unos apuntes que hice en mi agenda donde trato de explicar las diferencias entre la mujer rural y la de ciudad, desde mi punto de vista.
Le expongo que quizás sean más saludables porque respiran siempre un aire puro; llevan una vida menos agitada pero más sacrificada como se puede observar en el rostro de mi entrevistada, curtido por el sol donde reposan varias arrugas.
Lejos de lo que alguien pueda pensar la mujer que vive en el campo no es rústica, conserva sus ademanes femeninos y presume de su belleza y finura. Habrá que ver cómo relucen sus calderos aunque cocinen con leña o carbón, así como la blancura de sus sábanas.
Virgen sonríe y asiente con la cabeza. La conversación toma otros derroteros. Viajamos en el tiempo hasta Bartolomé Masó, en Granma. Allá nació hace 67 años. Su relación con el campo comenzó en los cafetales orientales.
Hace tres décadas se radicó en Matanzas, en un pueblito de Jovellanos que se llama Terán. Para bien de su vida logró integrar la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) La Rueda.
Allí hace lo que le orienten, desde chapear, machete en mano, hasta guataquear. También siembra y recoge papa. No le teme a las rudas faenas del campo. Más bien las disfruta. Todos saben que ella trabaja contenta, tal es su pasión que al culminar su jornada laboral se enfrenta a otra en su finca, donde cultiva yuca, boniato, plátano. Le brillan los ojos cuando habla de sus vaquitas, puercos y gallinas.
Le pregunto si se ha imaginado viviendo en la ciudad: “donde yo no pueda tener mi siembra ni mis animales no sé qué me haría. Lo mío es el campo y el trabajo fuerte, si me enfermo y debo quedarme en casa me siento incompleta, es un día perdido”.
Con una sonrisa placentera asegura que no le duelen ni los callos, se para y hace una cuclilla para demostrarlo. Luego saca un cigarro y asegura que tres cosas no le pueden faltar en la vida: “mi café mañanero, mis cigarros y las ganas de trabajar”.
“Si me falta el buchito de café mi energía decae un poco”. Mas es tanta su vitalidad que sus hijas a veces no le pueden seguir el ritmo.
También habla de ciertas carencias como la falta de agua en su batey, lo que le complejiza un poco la existencia, pero lo dice como de pasada, como quien ha aprendido a vivir con ello, porque lo importante, según Virgen, es trabajar, la vida después sabrá retribuir tanto sacrificio.
Esta vez la veterana mujer rural repasa entre sus manos el diploma recibido, y se le escapa una mirada de satisfacción, “ahora solo quiero bailar un poco”, confiesa, “no siempre una logra distraerse”, y nos despedimos como viejos amigos, como si yo la conociera de siempre, mucho antes de esta entrevista.
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