Miércoles , 4 diciembre 2019
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El prodigio, !las enfermeras inician su faena!

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Quimioterapia es una palabra triste y de fea sonoridad, como lo puede ser oncología o cáncer; mas sucede que en los lugares más insospechados también esplende lo bello, o incluso, la más preciada de las virtudes: la entrega incondicional por la vida del ser humano.

Allí seres alados esparcen amor. Van de blanco y sonrisa, y sí, se asemejan a ángeles, porque esos son las enfermeras que allí laboran.

El recinto del amor sería el mejor título para este trabajo. Ese sentimiento abunda en la Sala de Oncología ambulatoria que de manera provisional ocupa la antigua sala de terapia intensiva del centenario hospital ubicado en Versalles.

Los pacientes llegan de diferentes puntos de la provincia. Algunos madrugan y viajan por sus propios medios, otros se trasladan a través del Medibús, vehículo que bien merece crónica porque recorre muchos kilómetros, y sin importar la demora aguarda por el regreso de cualquier paciente.

Ejemplo de altruismo y de la esencia más humana de una nación se pone de manifiesto cuando se observa a esa señora de edad avanzada que llega desde Colón en una ambulancia, porque apenas puede moverse; o de Natividad Hernández, aquella viejecita dulce y cariñosa que viajó durante semanas desde Calimete. Natividad recuerda a aquellas nanas cariñosas que los nietos tanto idolatran. Cuando llegó a su última sesión de sueros le dio su dirección particular a muchos pacientes para que le visitaran si un día pasaban por Calimete.

Vivo en la calle Santa Rosa, no tiene pérdida, allí beberán un buen café”, y aunque no lo dijo uno sabe que encontrará además un cariño sincero.

Una de las cosas que más impresiona en una sala de oncología es la relación que se establece entre los pacientes, surge pura, desnuda de artificios.

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Quizás porque el dolor compartido se lleva mejor o pesa menos, nacen verdaderas relaciones afectivas. Cada mañana surgen indagaciones por la familia, cómo se llevan las reacciones del suero, o se elogian el turbante nuevo que regaló la nuera, porque la quimio tumba el pelo, pero si la edad nada puede contra la belleza de una mujer, mucho menos la más cruda enfermedad.

Mientras levanta la mañana, llegan las enfermeras. Casi siempre la primera es Mercedes, la jefa del equipo. Como el llavín tiene problemas, la llave a veces se le traba, pero siempre un familiar de algún paciente se brindará solícito. Los familiares de los enfermos siempre tienen esa postura hacendosa, como de gratitud eterna.

Al poco rato comienza a llegar el equipo de Mercedes, beso tras besos, pregunta tras pregunta.

Luego se abre la puerta y comienza la jornada, la agotadora jornada. Llegan los medicamentos que carga Frank, el mozo de limpieza. Danay, la mezcladora, comienza a prepararlos; Olga la secretaria comienza a llamar a los enfermos, y muchas veces son los familiares quienes se impacientan.

Entonces comienza el prodigio, las enfermeras inician su faena, como si volaran emitiendo un susurro dulce de generosidad y cariño.

Los enfermos extienden sus brazos y ellas le pican, pero se trata de una picadura salvadora que da vida. A veces también se dificulta canalizar una vena por tantos sueros suministrados, y todos sufren y comparten el dolor, de eso trata la medicina, no solo de curar, sino de sentir el dolor como propio, es cuando uno llega a entender por qué después de colocar cada aguja, estas mujeres vestidas de blanco posan su mano en la mejilla del enfermo, y este le retribuye con una sonrisa. Sin dudas, una de las escenas más humanas que uno llega a disfrutar dentro de tanta tristeza.

Conmiseración y agradecimiento son de los sentimientos que más abundan en una sala de oncología que hacen posible el amor y robustecen la esperanza.

Yo, que sé de ese amor, que lo palpé con mis ojos y alma, escribo desde el sentir del hijo agradecido, sin embargo, me invade cierta desazón por no hallar las palabras precisas que logren enaltecer la labor inconmensurable de Sonia, Ofelia, Mercedes, Miriam, Ana Cristina, Onelia, Olga Lidia, Danay, todas ejemplos fehacientes de la grandeza y humanismo de un país.

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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