Jueves , 28 noviembre 2019
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Un hombre de mar

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Ramón Toribio Garcés Basulto llegó a la Ciénaga de Zapata hace medio siglo y allí se quedó para siempre. Oriundo de Esmeralda, Camagüey, creció en una remota playa de nombre raro para un accidente costero: Guanaja. Muy joven llegó al sur de la provincia matancera para cumplir su servicio militar como Guardafronteras. Luego de 3 años como soldado decidió echar anclas allí definitivamente.

Desde aquel lejano 1965 quedó enamorado de la Ciénaga. Tras licenciarse del ejército retornó a su pueblecito natal pero apenas permaneció un mes. Extrañaba sus años cenagueros y regresó. Nada más llegar se incorporó a una cooperativa pesquera como estibador; luego pasó a ser marinero y más tarde patrón de barco. Toda su vida ha estado ligada al mar.

 NIñO DE MAR

“Desde los siete años me adentré al mar y todavía no he salido de él. Ya tengo 70 años”, asegura con una sonrisa que se le traslada a los ojos.

“Cuando era niño tuve mi primer encuentro con un tiburón. Fue allá por Esmeralda, en la Bahía de La Gloria, en un lugar que se llama Punta del Gato. Lo recuerdo clarito como si fuera hoy. Yo era un niñito de siete años. Iba con mi papá y mi hermano.

“Un pescado se enreda en el trasmallo y comienza a chapaletear. Mi papá me da la orden de matarlo pensando que era un macabí. ¡Muchaachooo! Meto la mano en el agua sin mirar, y cuando observo bien era un tiburón serrucho. Con un pico largo lleno de dientes. ¡Me tasajeó la mano! Yo comencé a gritar: ¡un cocodrilo!, ¡un cocodrilo! Era un tiburón pequeño pero gran susto me llevé.

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Con los años capturaría tiburones más grandes, hasta de 700 libras. “Cierta vez sacamos uno que era una fiera. Un alecrín inmenso. Recuerdo que conservé la mandíbula. Aquel bicho se tragaba a un hombre”.

 PATRóN DE BARCO

Ramón nombra con gran dominio y cierta nostalgia los diferentes lugares que recorrió como patrón de barco. Señala en una mesa cada sitio que aflora durante la conversación, como si frente a él hubiera un mapa.

“El mar no es cosa de juego. Es pa’ gente brava y saca cada susto. Así y todo me muero por él. Fíjate que ya no puedo ni pescar, tengo una pila de muelles en el corazón, pero a mí no hay quien me separe del mar”, así habla Ramón jocosamente refiriéndose a su enfermedad.

En el 2001 sufrió un infarto del miocardio y le colocaron un stents en el corazón. Luego en el 2010 le introdujeron tres dispositivos más, con forma de muelle que ayudan a corregir el estrechamiento de las arterias, pero ni esa triste circunstancia lo ha alejado de su pasión.

Recuerda sus largas estancias a bordo de un barco pesquero. Veinte días se hacían una eternidad. Las jornadas se volvían interminables. “Era perturbador a veces. Cuando llevas una semana navegando ya no tienes temas de conversación. Se agotan las vivencias de los días que permaneciste en tierra. Las mismas caras, las mismas palabras”.

“Eso sí, siempre comes fresco, el alimento acabadito de salir del océano. Nada se compara con la tortuga. También me gustaba la picúa, la mojarra, siempre acabadita de pescar”, expresa con otra sonrisa.

Por las manos de Ramón pasaron los primeros ferris que llegaron a la Ciénaga. Los trasladaron desde Cárdenas bordeando la Isla.

Recuerda que una vez buscando la costa de Palmilla hacia Cayo Largo, el tiempo estaba furioso y empezó a entrar agua por la proa de la embarcación. Estuvieron a punto de naufragar. La tripulación se disponía a cortar el cabo auxiliar para abandonar la nave. “Ya íbamos en picada y no pararíamos hasta el fondo. Se me ocurrió dar marcha atrás y comenzó a botar el agua, fue cosa de segundos, gracias a eso no perdimos la embarcación”.

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Un buen marinero, según Ramón, debe conocer la zona, no titubear a la hora de tomar una decisión, y tener confianza en sí mismo.

“Yo navegaba siempre de noche. Descansábamos por el día y en la noche salíamos. Si estábamos en Cayo Largo y había poca pesca nos dirigíamos a la zona de Diego Pérez. Eran tres horas de navegación. Si esperábamos la mañana perdíamos tiempo. Aprovechaba la oscuridad y  al amanecer arribábamos a la zona de captura. Nos decían el buque fantasma”.

Estuvo casi 16 años como patrón de barco. En ese tiempo conoció todas las peripecias que debe enfrentar un hombre de mar. “Momento duro era cuando te sorprendía una tormenta. Si la veías en el horizonte lo más inteligente era fondear y esperar su llegada. Si te atrapaba y no tenías escapatoria, no había otra salida que fajarse con ella: aflojar máquina, mantenerte firme y siempre atento a la rosa náutica para no perder el rumbo, navegar por compás como decimos los marinos.”

“Por grande que sea una embarcación, cuando el mar se pone bravo es una cáscara de nuez. Recuerdo que en muchas ocasiones cerca de Cayo Largo las olas tapaban la embarcación. Un ferri tiene 16 metros, pero una ola rompía en la proa y te bañaba en la popa. Cuando salíamos del mal tiempo y del susto, llegábamos a la costa y bromeábamos: “llegó el suda’o, porque el barco chorreaba agua por todas partes”.

“Nosotros aprendímos a dormir con el oleaje. Nos calzábamos con almohadas para no caernos de la litera por el continuo movimiento, otras veces preferíamos dormir en el suelo y así evitar tanto jelengue”.

Además de patrón Ramón también pescaba. Su brigada se dedicaba a la captura de quelonios y tiburones. En aquel tiempo se empleaba la pesca masiva, hoy prohibida. Empleaban el palangre -un largo cordel de donde penden varios anzuelos- y el chinchorro, una especie de red.

Algunas veces prefería lanzarse al mar tras las tortugas. “Yo capturaba lo quelonios con sardinas con el barco en marcha. Luego me lanzaba al agua y los cogía con la mano. Una vez agarré un caguamo de 510 libras.

“Cuando me tiré al agua para sostenerlo por el caparazón me fue arriba a morderme. Del susto que me di solté una pata de rana. Aquello era un monstruo. No pensé que fuera tan grande. Tuve que subir a un bote y perseguirlo hasta que se cansara.

 CABO DE SAN ANTONIO

El Cabo de San Antonio, el punto más occidental de la Isla, se ha ganado el respeto de todos los navegantes cubanos, por la fuerte corriente y las grandes marejadas que allí se producen. El veterano pescador no escapó a la furia de aquellas aguas.

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“La primera vez que recorrí esa zona lo hice en una lancha guardacosta. Habíamos salido del Río Almendares. Franqueamos Arroyo de Mantua, y cuando pasamos por el Cabo de San Antonio noto que en vez de avanzar retrocedemos. La velocidad era de 12 nudos pero la corriente era tan fuerte que nos impedía continuar. Nos vimos obligados a esperar tres días para salir de allí.

 EL CURA

Aunque es un hombre jubilado, no se separa de las olas. Posee una pequeña barca que a un costado lleva el curioso nombre de El Cura. Lo adquirió con ese apelativo y jaranea con que ya no tiene que ir a la iglesia.

En la Ciénaga las embarcaciones se desplazan con remos y velas, o como dice el veterano pescador con una expresión risueña “con motor de madera”.

Tiene contrato con la pesca y entrega varias toneladas al año. Emplea palangre, paño o nasa, pero en los últimos tiempos hay poca captura.

“Al menos ya no es como antes. Quizás se deba a la ausencia de ciclones en los últimos años. Cuando azota un fenómeno de ese tipo los peces buscan la costa huyendo de los fuertes vientos”.

Pasa sus días enseñando a los más jóvenes. Siempre sale con ellos a probar fortuna en alta mar. Además, Ramón es un hombre precavido: “yo siempre aconsejo que nadie debe navegar solo. Nunca se sabe lo que puede suceder. Un pez puede saltar y darte un golpe, o te puedes enterrar un anzuelo, o caer al agua ¿Cómo llegas a la orilla?”.

A Ramón la vida le premió con una buena esposa, dos hijas y dos nietas. Sus días transcurren en el barrio de Caletón. Y siempre que pueda sale a pescar. La brisa marina insufla energía. El muelle queda a unos 20 metros de su casa. Cada vez que se acerca a la ensenada donde fondea su bote los ojos le brillan.

En ocasiones permanece en silencio, y se le van agolpando nombres como Calvario, Diego Pérez, el Golfo de Batabanó, Palmilla, María Aguilar, los tantos cayos y costas que recorrió durante años y a los que acude algunas veces desde la terraza de su casa. Cierra los ojos y  respira hondo,  hasta llega a sentir el olor de aquellos mares, el ajetreo, las voces de sus compañeros….

 

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

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Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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