Martes , 13 noviembre 2018
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Viaje al seno de las palabras

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Mi nieto más pequeño ha hecho un barquito de papel de periódico y me propone subirnos a él y navegar por el ancho mar, como dice una canción que le gusta, y sin pensarlo dos veces agrega: “Ya estamos viajando, abuelo”,  y  mueve la frágil embarcación entre las patas de sillas y mesas sin dejar de imaginar lugares y mencionar  palabras y palabras, incluidas algunas cuyo significado obviamente no comprende y otras del tipo “palabrotas”, que ha escuchado en la escuela, en la calle y vaya usted a saber en dónde más, incluida la propia casa…

Y así, mientras navegamos en nuestra barca de letras me viene a la mente el  uso de las  llamadas malas palabras,  asunto que desde tiempos pretéritos ocupa la atención y las opiniones de maestros, periodistas y literatos, con variopintos puntos de vistas, expresados  por conservadores  o  innovadores de la lengua.

Recuerdo a Miguel de Cervantes, autor español elogiado en todos los tiempos. En situaciones precisas él incluye  vocablos que,  en otros contextos, serían calificados  de obscenos o por lo menos de mal gusto.

Sin dudas  la vida cotidiana  es la más fantástica de las aventuras imaginables, me digo a mi mismo,  mientras escucho al nieto gritar: “¡Al abordaje!”, y enseguida alertarme: “¡Cuidado, abuelo, que puedes caerte!”.

La verdad es que cualquiera tropieza y cae, también en el hablar cotidiano, pero la conversación entre pensantes: el diálogo simple, el saludo,  incluso  la discusión de temas candentes, y la despedida,  no necesitan vestirse  con interjecciones mal sonantes,  mucho menos  si quien intenta comunicarse es un dirigente, un maestro o un estudiante.

No me refiero  a  “aceres”,  “cúmbilas”,  “consortes”, “pasmaos” y otras palabras y giros lingüísticos  que han pasado a formar parte del habla entre ciertos grupos etarios, como ayer fueron, por ejemplo, “yénica” y “monina”.

Incluso en otros países, hasta suelen identificar al cubano por el empleo  de tales semantemas coloquiales, los cuales, aunque  a algunas personas les suenen mal,  necesariamente no connotan alguna grosería u obscenidad, y se interpretan como parte del lenguaje sicológico, donde una sola palabra bien puesta equivale a  una oración  capaz por sí misma de transmitir emociones y sentimientos fuertes.

Abundan  también los practicantes de lo que podríamos llamar  “grosera  jerga callejera”, que pretende  denotar, machismo, rudeza, desenfado y reto. Incluye  a hembras y varones incapaces de hilvanar una oración sin citar recurrentemente al órgano sexual masculino, aunque lo hagan con cierta ingenuidad, porque se acostumbraron a apuntalar así su imagen  pública “de gente dura”.

Está científicamente probado: lenguaje y pensamiento van unívocamente  unidos, son formadores del carácter,  es decir, de  acciones  reiterativas de los seres humanos, de los que ya crecimos y sobre todo de los que están creciendo, a quienes tenemos el deber de aconsejar y enseñar, en el aula y en el hogar, con paciencia e inclusión, y también con argumentada firmeza.

Recuerdo que sobre todo esto a veces conversamos con los alumnos en clase, donde rememoramos algunos modernos diálogos de películas y seriales españoles, en los cuales ciertas palabras para nosotros  éticamente prohibidas en los medios de difusión, como las descriptivas del trasero humano y los pechos femeninos, para ellos son normales y hasta graciosas, y las dicen y repiten sin miramientos.

Pero la verdad, no tengo explicación para este “¡Coño!”, con rabia, que ahora mismo grita mi nieto, porque el barquito de papel acaba de naufragar en un  charco de agua derramada desde la mesa del comedor.

–¡Niño!, ¿qué cosa es esa?

Y él, sin encomendarse a Cervantes,  responde.

–Nada, abuelo: nos ahogamos…

 

Acerca de Roberto Pérez Betancourt

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