Miércoles , 4 diciembre 2019
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La Mujer

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Unos duermen hechos ovillos, como los gatos, sobre los bancos duros. Otros pasan la espera de pie, caminan sin rumbo, se entretienen con el celular, buscan conversación, comen, beben, fuman…Aún no amanece, pero La Terminal es una criatura que no duerme nunca, alumbrada por focos blancos y amarillos. En el ambiente entre cálido y húmedo se entremezclan las voces de la gente y de los pájaros.

Los perros callejeros con caras de niños tristes deambulan entre los humanos, sonsacándoles algo que llevarse a la boca, y bostezan decepcionados de tanto en tanto. Según donde uno se pare, huele a desayuno tempranero, a café del malo colado de prisa, a sudor, a alcohol, a combustible.

Algunos están aquí desde el día anterior, y llegan más. Todos tienen algo en común: nadie pertenece aquí, todo el mundo está solo de paso.

Ya hace un día soleado cuando llega La Mujer, y es como si algo cambiara en el aire espeso. Hasta las orejas caídas de los perros se levantan. La multitud la rodea, arremete contra ella con la fuerza mayúscula del mar bravo que desborda su frustración contra una roca.

Ella, una temba de piel oscura y buenos modales, que viste un pulóver azul del Primero de Mayo, habla con paciencia para calmar los ánimos, o al menos intentarlo. Se nota que tiene mucho oficio. De algún modo se las arregla para mantener la calma e imponer disciplina. Aquí la cola es la suprema medida del orden.

Su local es pequeño, mal ventilado. “Yo misma conseguí quien me pintara las paredes, y puse esas cortinas”, me dice y le creo, mientras me vende mis boletos de tren. A pesar de lo sencillo de la oficinita se nota el toque femenino.

“Aquí no paro nunca, hasta me llevo trabajo para mi casa y termino de madrugada”, se sincera lamentando que la gente no valore su dedicación. El flujo de gente parece no tener para cuando acabar. Todos quieren “resolver”, comprar pasaje y seguir rumbo, como yo. A unos y a otros los escucha, los atiende.

El calor que lo colma absolutamente todo es brutal, y a ratos puede más que la decencia, que el civismo. Debe haber por ahí más gente como ella. Parece hecha de una sustancia distinta. Cuando le gritan ella baja aún más su voz convirtiéndola en un susurro apenas, obligando a la multitud a callar para escucharla. Tiene que haber más gente así, ¿verdad?

Acerca de Roberto Jesús Hernández Hernández

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