Aunque nació en Alacranes, Anastasio Rodríguez Toledo se conoce la porción occidental de la Ciénaga de Zapata como la palma de su mano. Su padre dirigía la empresa forestal de ese territorio, y cuando el acompañaba niño recorría cada recoveco de la humedal. En un brazo lleva una gran cicatriz que se hizo en esos años al caer de un caballo en Maniadero. Así que no resulta ocioso asegurar aunque nació en Alacranes, que la Ciénaga marcó su vida para siempre.
Hoy se desempeña como patrón de barco en la empresa pesquera Pablo Prado Rodríguez, a varios kilómetros de La Lanza, en una zona conocida como San Agustín.
Tiene bajo su mando a tres hombres. Durante algún tiempo se apartó de esa faena, mas decidió regresar porque realmente le fascina la pesca.
Con su barco Damují, como el nombre de un río cienfueguero, recorre estrechos canales hasta salir al mar, aunque en ocasiones se encalla y deben lazarse al agua para destrabarla, sobre todo cuando hay secante y las precipitaciones escasean.
Permanecen 10 días lejos de casa y descansan cinco. Realizan la pesca de orilla, a pocas millas de la costa, donde capturan cangrejos, tiburones, cuberetas y biajaibas.
El barco de Biajaca, como también conocen a Anastasio, es mucho más pequeño que las grandes embarcaciones de fibrocemento de la Empresa Pesquera de La Ciénaga de Zapata. De ahí que al salir remolquen tres botes, uno con la nevera donde almacenan la captura, y en los dos restantes trasportan los avíos de la actividad.
En el camarote hay dos literas, y los otros dos tripulantes pernoctan en la cubierta donde tienden colchonetas. Con los años el mareo desapareció. Pero el mar a veces se muestra furioso y no siempre pueden conciliar el sueño. Sin ser demasiado devotos, llegan dentro del camarote una Virgen de la Caridad, la patrona de los marineros.
La pesca no es tarea fácil, siempre están propensos a las inclemencias del tiempo. “El miedo siempre está presente pero debes reponerte a él”, asegura El Biajaca. En cada salida van en busca de lo incierto.
“El mar es duro, mucho más que el trabajo en el campo”, sentencia. “Nada se compara con una marejada. Además, el campesino duerme en su casa, y nosotros en la cubierta, pensando en alguna tempestad que surja de improviso. En esos 10 días siempre duermes con preocupación.
Sin embargo, cuando está en tierra firme, El Biajaca no piensa en otra cosa que en su barco y el mar. Permanece atento al cambio de los vientos y a las fases de la luna que propician una mayor captura.
Desde niño recorre los contornos del sur de Matanzas y Mayabeque, por eso asegura que conoce al mar como a una mujer, le sabe todos sus secretos, los mejores pesqueros, donde puede fondear y pasar la noche a buen resguardo, su familia es lo más importante en su vida, pero si le faltara el mar y la pesca, sería un hombre incompleto.
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