“Nací en la Ciénaga de Zapata. Despegué temprano porque desde niño trabajé. Debo confesar que yo no vivía como otros cenagueros que más bien, malvivían. En mi casa nunca faltó la vianda. La malanga se sembraba de un año para otro. Además, mi abuelo era ganadero. Tenía vacas criollas, desde el Jiqui hasta Pálpite. En aquel tiempo la carne se salaba y hacíamos tasajo para conservarla.
“Mi infancia quizás fue algo diferente, pero yo sé valorar como eran las cosas en el pasado. Es verdad que en la casa siempre había comida, pero mi abuelo no tenía nada más. Solo animales. No había corriente, ni otras comodidades.
“Yo nací en Caleta del Rosario. Por allá hay un pozo de agua dulce que se hizo en el año 39. También había una matica de coco que creo se secó. Mi casa era grande, de piso de tabla, montada en pilotes a varios centímetros del suelo. Se construían así para combatir a las pulgas y las niguas. De esa forma no podían saltar al interior del hogar.
“Recuerdo la batalla contra la nigua. ¡Estaba sata aquí en la Ciénaga! Era mucho más chiquita que una pulga. Se incrementaban con la sequía. Yo recuerdo que por las noches mi vieja me expulgaba. Los dedos se te ponían tiesos. Ella agarraba luz brillante y me restregaba con un paño humedecido. A la nigua le gustaba introducirse en la punta de las uñas de los pies.
“Aquí las casas, muy humildes por cierto, tenían piso de tierra. Las mujeres le rociaban ceniza los domingos. Luego, la casita lucía limpiecita, resplandeciente.
“Teníamos muchos perros. Se le cocinaban grandes tambuches de salcocho. Sin ellos no se podía criar ganado, ni cazar. Cuando matábamos puercos o vacas le hervían los residuos de la grasa y las vísceras. Los perros eran indispensables, casi un miembro más de la familia.
COCODRILO
“En la ciénaga había antes más animales que personas.Un día andaba de montería con mi padre, y él me avisa que había un cocodrilo cerca. Yo hinqué las espuelas y eché a correr. El viejo me gritó: “¡Muchacho! ¡Párate ahí! que no te va a comer arriba del caballo”. Pero que va, siempre respeté a esos reptiles. Yo tenía como 14 años cuando aquello.
“Mi padre sacó una cabuya y enlazó al animal, luego le amarraron la boca y lo inmovilizaron. Medía como seis pies.
“Lo malo que tiene el cocodrilo es que es traicionero. Se esconde ahí, tu no lo ves, y al mínimo gesto que hagas ¡Jaam!, te arranca un pedazo. Cuando muerde comienza a dar vueltas, frenético. Yo nunca me llevé bien con ese bicho.
“Pero mi respeto hacia los cocodrilos no me impidió recorrer toda la ciénaga. A mí me encanta pescar biajaca criolla en las lagunas. Pican muy poco. Pero me gusta ir para ver los patos, las gallinuelas, la corúa, la naturaleza pura.
GANADERÍA
“Siempre pienso en mi abuelo jafa’o con el ganado encima de un vigoroso caballo. Según fue envejeciendo prefirió andar en mulo. Era más resistente y de andar más pausado. Es animal de paso. Yo nací en el 45 y mi abuelo muere en el 51. Tuve poco tiempo de estar con él, pero siempre lo recuerdo. A los cinco años me monté en un caballo y le seguía sus pasos para arriba y para abajo. Me hicieron un galapo, una especie de monturita pequeña.
“Mi familia siempre fue ganadera. Recuerdo que cuando triunfa la Revolución y construyen la carretera, empezó a disminuir el ganado. Aquí siempre estuvo suelto. El desarrollo es necesario, pero trae sus pro y sus contras. Hoy tenemos muchas cosas con las que ni soñamos ayer, pero dejamos perder el ganado.
“Cuando se redujo la masa, mi padre y yo nos dedicamos al trabajo con la forestal. Sacábamos madera en bolo para el aserrío del poblado de Australia. Cortábamos leña, la burreábamos con caballos y la llevábamos para el chucho donde se quemaba el carbón, este antes se hacía de mejor calidad, de júcaro y llana.
“Pero cuando llegaba abril y mayo el agua lo inundaba todo. Crecía la costanera y había que salir del monte.
“Con los años volví a la ganadería. Laboré en una vaquería casi una década, cerca de Pálpite. Después de retirarme no pude desprenderme de ese oficio. Hoy tengo cuatro vaquitas.
“Para andar con animales tiene que gustarte ese trabajo. No es como andar con una bicicleta, que la tiras en el rincón y solo tienes que cogerle el ponche de vez en cuando. Mira, tengo una añoja “amarrá” a un palo dándole comida y agua. Tiene una herida y hay que atenderla con esmero.
“Antes aquí habían muchas vacas. De menos clases quizás, pero la masa era numerosa. En los potreros de San Lázaro el ganado debía rondar las mil cabezas.
MATROMINIO
“Yo conocí a Rosa Amelia, mi esposa, de chiquilla. Hace ya tres años de su muerte. Hay matrimonios y matrimonios. Es una carta que tú te juegas en la vida. Las personas ansían casarse y tener hijos. Pero no todos tienen la suerte de encontrar a la compañera, y que la relación encaje mejor con el transcurso de los años.
“Un día yo chapeaba y ella estaba enfrascada en la limpieza del baño. Esperábamos la visita de los nietos. Al rato cuando entro, la veo en la cama, casi sin vida. Ella padecía del corazón. Murió un 29 de agosto. Llevábamos casados cuatro décadas y cumpliríamos aniversario en dos semanas. Contrajimos matrimonio el 12 de septiembre del año 1978. Su ausencia me llega hasta los huesos.
MONTURA
“De mis posesiones, que no son muchas, sin dudas la que más amo es una montura tejana que heredé de mi padre. Cuando abrí los ojos al mundo vi a mi papá sobre ella. La montura tiene más de 70 años. La conservo con mucho celo. La saco con frecuencia para que coja aire si no, se pudre. Todavía tiene el nombre de mi viejo grabado.
“Pesa 95 libras. Mi padre la cambió por una novilla y una vaca en aquel entonces. Antes, en el arte de la ganadería, debías tener un buen caballo, excelente freno y mejor montura. Aquí vienen muchas personas para que se la venda, pero nunca me voy a deshacer de ella. Uno se enamora de sus cosas como de las personas. Algunos dirán que es una simple montura, pero para mí es mucho más. Con el tiempo solo nos va quedando el recuerdo, la memoria. Quizás por eso te he hablado tanto, solo te pido joven, que seas breve…
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