Jueves , 5 diciembre 2019
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Mujer de luz

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Alma de Prometeo, así pudiera definirse la esencia misma de Dailenes Armenteros González. Como aquel titán amigo de los mortales que desobedeciera el designio de los dioses para llevarle el fuego a los hombres, cada día Dailenes burla el silencio y la quietud de Guasasa al hacer llegar la luz a los hogares, en uno de los asentamientos más distante de la Ciénaga de Zapata.

 

Aunque nació en Puerto Padre, Holguín, allí apenas vivió 45 días, fue en la Isla de la Juventud donde tomó conciencia del mundo.

Su vida parecía regida por Hermes el Dios de los viajeros. Con 18 años conocería una tercera provincia, Pinar del Río, donde matricularía la especialidad de Técnico Forestal.

 

Quizás nunca se planteó conocer una cuarta, aunque curiosamente en la región donde creció dos poblados llevaban nombres similares al lugar donde echaría raíces, y frutos también.

 

En la Isla de Pinos también existe Playa Larga y un Cocodrilo. Y fue a ocho kilómetros de otro Cocodrilo, esta vez en la Ciénaga de Zapata, donde se casaría siendo muy joven. Guasasa se convertía así en su nuevo hogar.

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Al principio le costó trabajo adaptarse. Más que la distancia le asfixiaban las noches. Sobre todo cuando apagaban la planta eléctrica que alimenta al poblado. Con el apagón de medianoche comenzaba el llanto. “¿A dónde me trajeron?”, se preguntó más de una vez.

 

Pero el tiempo lo puede todo y con los años se enamoró del lugar. Para mayor felicidad sus progenitores también se radicaron en el sureño municipio.

 

“A papá siempre le gustó la ciénaga. En la Isla vivía en un apartamento, por eso el Humedal le vino como anillo al dedo. No solo por la tranquilidad del lugar, sino además porque tendría espacio suficiente donde guardar sus equipos de soldar, algo que le gustaba y no podía hacer, porque el taller le quedaba muy distante de casa.

 

De más está decir que aprendió a querer a Guasasa. “Me encanta. Además de ser un lugar apartado, los muchachos no corren peligro, no hay carros en la vía y pueden estar en el batey hasta tarde. Si hay una fiesta cualquier vecino los trae hasta tu casa”.

 

Cuando conoció a su esposo Alexander Benítez Sayas, con quien lleva 21 años de casada, la vida le cambió para bien. De la unión nacieron tres hijos, y la prole creció con la llegada de dos nietas. Todos viven bajo su techo para beneplácito de los abuelos.

 

Pero si las fotos muestran a dos abuelos atípicos, quienes le conozcan en la vida real entenderán que aun les falta mucho para adquirir esa imagen angelical de dos viejecitos sentados en el portal tejiendo o buscando el periódico.

 

Quizás sean de los abuelos más jóvenes y activos que uno pueda imaginar. Alexander dedica parte del tiempo a la pesca, y apoya a su esposa en todas las labores del hogar.

Esa ayuda incondicional le ha posibilitado a Dailenes asumir diversas responsabilidades en la comunidad. Además de la plantera del batey también se desempeña como delegada de la circunscripción.

 

Cuentan algunos que la eligieron por la chispa que tiene. Quizás también por el carácter afable, y esa virtud de no ocultar los sentimientos. Ella ríe con una carcajada desenfadada y sincera cuando el momento lo amerita.

 

Hace dos años funge como delegada. Algo difícil “porque a veces los electores esperan por una respuesta que no tengo, siempre indagan por el estado del camino o los problemas con la planta con muchos años de explotación.

 

Pero disfruta servir, siempre atenta a los planteamientos de los lectores, quienes le paran en cualquier esquina del batey.

 

LA PLANTERA

 

Se desempeña como operadora de la planta del batey de Guasasa desde hace un lustro. Pero no fue cosa fácil asumir ese nuevo rol en la comunidad.

 

El curso de capacitación coincidió con el periodo de maternidad de su hijo más pequeño. Para que le aceptarán tuvo que ocultar la gestación bajo un enorme abrigo.

 

Hoy deja escapar una carcajada sonora cuando recuerda aquella frase que le persiguiera en esa etapa: “¡Pero qué gorda estás!”.

 

“Pedí licencia de maternidad a las 37 semanas. Trabajé en el generador hasta el último día, cuando salí rumbo a Matanzas para dar a luz. Y a los siete meses de nacido mi hijo me incorporé a trabajar.

 

El horario de planta comprende dos horas en la mañana, de 10 a 12, y ocho horas en la noche, de 4 de la tarde a medianoche. Los fines de semana la luz dura una hora más.

 

“En caso de rotura viene un mecánico desde la ciudad de Matanzas. Pero vivimos en vilo siempre temiendo alguna avería.

 

Como plantera ha pasado sus malos ratos, como aquella vez que se quedaron tres días sin luz por una rotura de la pipa de combustible, o en otra ocasión por desperfectos del equipo.

 

Su vida dejó de ser un poco suya, ya que su compromiso no tiene horario fijo. En ocasiones le han llaman en la madrugada por un enfermo o para suministrarle aerosol a algún paciente, entonces debe salir y conectar la planta.

 

También le ha sucedido que al disponerse a apagar el generador encuentra un vehículo del cercano Cocodrilo en el consultorio, y siempre prefiere esperar a que atiendan la urgencia. Lo cual demuestra que aunque de sus manos depende la iluminación del batey, Dailenes también irradia con la  luz en su alma

 

Acerca de Arnaldo Mirabal Hernández

mm
Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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